El día ante mi sobrino Cristian y yo había comenzado en nuestra busqueda. El Alerce creció una vez extensivamente en el sur de Chile pero se encuentra ahora sólo escasamente en los lugares de difícil acceso. Rivaliza con el Sequoia Californiano por lo que se refiere al tamaño y edad. Su madera es sumamente durable y muy apreciable para la construcción. Usado como tejuela, resiste la lluvia y el sol por mucho tiempo, y se construyen durmientes muy buenos. Durante el período de la construcción del ferrocarril las comunidades enteras vivieron en base a la explotación de Alerce.

Jostein Moen

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Los arboles gigantes del Sur de Chile

Por Jostein Moen. inspirado por Samuel Taylor Coleridge

Era un milagro aparentemente extraño.

El afamado Alerce estaba ante nuestros pies.

Y allí otro.

Y todavía más atras.

¡Mira! ¡Mira! Gritábamos.

Como catedrales verdes se elevaban en medio del bosque lluvioso.

Era un lugar salvaje, como sagrado y encantado

Como alguna vez un vagabundo cansado ha alcanzado.

Estábamos en lo más profundo del Parque Nacional Alerce Andino.

Y aquí estaban los bosques tan antiguos como las colinas,

envolviendo sitios soleados de verdor.[1]

Hace algunos años vi un gran Alerce en la cordillera de la costa al sur de Valdivia. Había crecido 3600 años unos 11 impresionantes metros de diámetro. Pero estaba destruido por relampagos y bastante solitario. Esta vez quicimos ver un bosque de Fitzroya cupressoides, nombrado así por el Capitán Robert Fitzroy del HMS Beagle[2].

Cristian y yo teníamos como transporte un pequeño Suzuki a nuestra disposición. Manejamos al sur durante un par de horas, entonces dejamos la carretera principal, atravesando por Puerto Varas y siguiendo el viejo camino de piedra a Puerto Montt. Nuestra primera meta era el pueblo de Alerce (sic). Durante el camino nosotros encontramos finalmente “La Silla del Presidente”, mencionada en nuestra guía, la cual no tenia ninguna señal o cartel. Es el tocón de lo que se suponía había sido alguna vez el Alerce más grande. En 1912 estaba recientemente cortado y el tocón formó un lugar de descanso conveniente para el Presidente Pedro Montt que viajó desde Santiago para inspeccionar la construcción de la línea del tren a Puerto Montt. El tocón estaba ahora ahueco y cubierto de mora, pero el pensamiento de lo que el árbol había sido y la esperanza de ver algo cerca de este, nos entusiasmaba.

Después de haber comprado los suministros en Puerto Montt nos dirigimos al este a lo largo de la Bahía del Reloncaví, entonces de vuelta al interior en un camino de piedra. El Volcán Calbuco cubierto de nieve se agrandaba durante algunos momentos a nuestra izquierda, pero había disminuido ligeramente cuando llegamos el pueblo de Correntoso, donde CONAF, los guardias del parque nacional, tienen un punto de control. Fuera de su refugio dos muchachas estaban sentadas en un montón de mochilas, sacudiendo las pequeñas ramas para ahuyentar al molestoso insecto del tábano. Cuando salimos, una pareja se había unido. Supimos que ellos eran argentinos y tenían la misma meta que nosotros asi que todos aplastamos el pequeño Suzuki y nos preparamos para los últimos 10 kilómetros de camino a la entrada del parque.

Completo el trayecto, tuvimos que decidir si continuar solos o aceptar una oferta del concesionario del lugar de un tour guiado a un camping. El tour nos llevaría cómodamente por el Lago Sargazo en las canoas hacia su camping que era el punto de arranque perfecto para la marcha a los Alerces milenarios. La otra alternativa eran 8 horas de horrenda caminata a lo largo del lago. Nosotros optamos por el canoeing, y tres horas mas tarde ya estábamos armando las carpas en pequeñas manchas despejadas cerca del río cristalino que alimenta al lago que recientemente habíamos cruzado, bellamente puesto entre colinas cubiertas con el bosque de lluvia templada.

Hicimos una fogata y estuvimos la tarde alrededor de ella. De repente un extraño lamento salvaje hizo eco en la oscuridad. ¿Un pájaro? ¿Un puma? ¿Un jabalí salvaje? ¿O el terrible chupacabra? Una de las muchachas era del tipo urbano así que nosotros le dijimos que era un pájaro, ella se tranquilizo por el fuego y nuestra compañía. En ese momento me acordé con alguna melancolía de la botella de whisky que había dejado atrás en un estante del supermercado en Puerto Montt. Esta era una ocasión perfecta para degustar un poco del jugo de cebada. Al otro día de madrugada sin embargo, yo ya estaba contento. Estaba lloviendo, teníamos 7 horas como mínimo de caminata ante nosotros y las canoas vendrían y nos recogerían por la tarde. La selva estaba lejos de acogernos. Ayer tuvimos una idea de lo que nos podría esperar, por eso nesecitábamos alguna motivación recíproca para continuar. La muchacha delicada escogió quedarse en la carpa, recordando y extrañando sus bulevares de Buenos Aires. El resto de nosotros se vistió de una forma accidental, sabiendo que quedaríamos mojados y empapados durante el camino.

El camino era parte del trabajo del concesionario. Camino sería un término demasiado generoso. Era más como un túnel barroso a través del verde espesor. Habían empezado haciendo los puentes tumbando los grandes árboles por partes intransitables. Eran todos muy resbaladizos y cruzamos arrastrándonos como asnos de una manera humillante. El último era el peor, cruzando a cierta altura sobre el río salvaje. La tierra tenía partes semi-sólidas pero consistía principalmente de un mosaico de fango que al pisarlo revela la profundidad real que existe en el lugar.

Después de un rato caminando encontramos algunos Alerces de 1500 años de antigüidad. Estos eran más grandes que cualquier árbol que yo haya visto alguna vez, el bosque era menos espeso gracias a un deteriorante químico venenoso que estos troncos contienen. El camino(huella) iba de mal en peor y tuvimos que entrar a un contacto de primer grado con el ambiente y después limpiarnos de las repulsivas sanguijuelas. La lluvia era torrencial cuando obstinadamente caminábamos a lo largo del camino. Las muchachas argentinas demostraban valentía, sin decir una palabra de queja.

Entonces llegamos y como reconocimiento divino a nuestra paciencia, la lluvia se detuvo y el cielo aclaró. Nosotros miramos fijamente con temor, estábamos allí asombrados, meditando en los tres mil quinientos años de las más grandes manifestaciones de vida que existían en esta esquina remota. Eran grandes dedos que apuntan hacia el cielo, como para recordarnos el origen de toda la vida. Ya eran enormes cuando José el Carpintero trabajaba duramente en su taller de Nazaret. Él podría construir un nuevo establecimiento con sólo un Alerce, en Cisjordania quizás.

Volvimos con facilidad, con la sensación de tener un vislumbre de eternidad. El resto no cuenta para mucho, exceptúe una aventura pequeña: Esa noche Cristian y yo estábamos armando la carpa en un camping cerca del primer punto de control de CONAF. Teníamos el SuzukI con las luces de adelante encendidas mientras nosotros intentábamos conseguir algo de leña que no estuviese mojada. De repente Cristian vino de detrás del automóvil, yo me di cuenta enseguida de su gran palidez.

¿Usted "vio ese tremendo perro que pasó por el camino de atrás?"

"No, yo no vi nada. ¿Un perro? ¿Cómo era? ¿ Estás seguro? A que se parecía? "

"Era grande, más largo que alto, con una cara llana, orejas pequeñas, la parte de atrás lodosa y una cola larga. Me miro fijamente y entonces simplemente camino hacia delante de una manera elegante y casi perezosa”.

"¿Un puma? Un verdadero puma!"

Cristian ya lo había pensado pero él quería que yo lo dijera primero. Nosotros habíamos hablado sobre los pumas durante los últimos días, sabiendo que ellos eran parte de la fauna del parque nacional. Habíamos discutido hechos y mitos y habíamos comparado su ferocidad a nuestros lobos en Escandinavia. Pero no habíamos soñado con reunirnos con uno. Con una pequeña linterna fuimos a buscar minuciosamente las huellas en el camino. Los automóviles habían hecho huellas y barro que deberían conservar bastante bien la pata impresa, pero la luz era muy mala. "Mañana en la luz del día", estábamos de acuerdo y fuimos a dormir. A la mañana el conserje del camping nos despertó con su jeep, destruyendo completamente toda esperanza de descubrir las huellas de cualquier gato grande.

Ese día volvimos nuevamente hacia el norte, deteniéndonos un tiempo en Puerto Varas. Allí disfrutamos una especialidad de el Region de los Lagos chileno en verano: tendidos en la playa y nadando cómodamente teniendo la vista más bonita de un volcán cubierto de nieve sobre el lago.

©JM

[1]Una adaptacion de la poema Kubla Khan (1819):

 It was a miracle of rare appearance.

The famed Alerce stood before us.

And there another.

And still more further behind.

Behold! Behold! we cried.

Like mighty green cathedrals they rose amid the rain forest.

It was a savage place, as holy and enchanted

As ever a weary wanderer has reached.

Deep inside El Parque Nacional Alerce Andino we stood.

And here were forests ancient as the hills,

enfolding sunny spots of greenery.